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Mi historia de lactancia

Desde muy chica uno de mis sueños era ser mamá. A medida que crecía me fui conectando más y soñaba con mucha fuerza disfrutar de un embarazo, tener un parto maravilloso y mamífero, ojalá sin intervenciones, incluso me atraía mucho la idea de tener un parto en casa. Harto antes de quedar embarazada leí sobre gestación, sobre parto. Cuando ya estaba esperando a mi hija me di cuenta de que no manejaba mucho sobre lactancia. Leí “Un regalo para toda la vida” de Carlos González y ahondé en las mejores fuentes web que encontré. Pasaban los controles y ecografías y mi hija estaba en podálica… y seguía podálica. Mi parto tan deseado y añorado se alejaba de mí. No quise perder la fe y aunque estaba muy angustiada por el tema, seguí leyendo y tratando de conectarme con mi guagua. Le pedí mucho que se diera vuelta. Hice mil y un ejercicios y “secretos ancestrales” para lograr que se posicionara, pero no sucedió. Recuerdo un final de embarazo con mucha angustia producto de esa cesárea que sabía que venía, un duelo importante por ese parto que no sería. Leí que existían partos podálicos, recibí datos de profesionales que atendían partos así, pero no me sentí segura de decidir un parto podálico, tuve miedo, hice una balanza en mi mente y me entregué con enorme pena a la cesárea.

Mi cesárea fue maravillosa, muy respetada en relación a como funcionan estas intervenciones en nuestro país. Con música, aromaterapia, en silencio, con luz bajita, en compañía. Respetada. Mi equipo médico fue excelente y logré sentirme acogida y protegida, más allá del enorme miedo que en ese momento sentía. Aún cuando mi matrona y ginecóloga hicieron todo por evitar todas las intervenciones innecesarias, en varios momentos primaron los protocolos de la clínica donde a las 37 semanas nació mi hija, luego de haber roto membranas. Tengo claro y agradezco la existencia de la cesárea como intervención que salva vidas, que cuando es necesaria nos evita enormes complicaciones y peligros; todo eso lo sé. Pero me dolió, mucho. No solo la herida, el alma.
Bajaron la tela verde… La vi salir de mi vientre. No lloró nada pero vi sus ojos grandes y su ceño bien fruncido. Le di besos, toqué su carita. 5 minutos después se la llevaron, me descompensé, mi presión se fue a las nubes. Creí que me iba a morir. Lograron estabilizarme rápidamente y me llevaron a recuperación, a ella a neonatología. Tuvimos un difícil comienzo: Mi hija era pequeña, ahora entiendo que su estado de profundo sueño no era sueño, sino el resultado de la medicación y anestesia. Dormía profundamente, todo el tiempo. No pedía mamar, no abría la boca cuando la ponía al pecho. Recuerdo haber estado horas estimulándola con mi pezón, tocando su boca, su nariz, nada… Trataba de incorporarme mejor para poder ofrecer el pecho, pero el dolor de mi herida era tan grande que no lo lograba. Me inundaba la impotencia y las ganas de estar en mi casa para seguir intentándolo en paz.



En la clínica estaban muchísimo más preocupados de ofrecerme relleno y de amenazarme con horas respecto del cambio de pañales que de ayudarme. En un momento de desesperación exploté y le dije a una de las tantas matronas que entraban a nuestra habitación sin parar que me encantaría verla más motivada por ayudarme a despertar a mi hija y ponerla al pecho que por darle un relleno y repetirme la hora que era. Se fue. Otras dos matronas que llegaron después a las cual nuevamente les pedí ayuda estuvieron conmigo intentándolo unos 20 minutos; una de ellas me puso una pezonera e hizo su mejor esfuerzo por acoplarla, sin éxito. Fue entonces cuando me di cuenta con impacto que nadie ahí estaba realmente capacitado para ayudarme; transformé esa rabia en energía y me decidí a hacer todo por mi cuenta.
Como no se acoplaba, en la misma clínica, comencé a extraerme de forma constante, casi sin parar, para estimular la producción de calostro. Recuerdo a una enfermera que entró y me dijo “lo que saque con el extractor lo tiene que botar, no se lo puede dar a la guagua”, le pregunté la razón y reiteró sin siquiera mirarme “no se puede”. Me pareció aberrante… más decidida me sentí. Con cada gotita que obtuve ese día, que fueron eso, gotitas, todas se las di, se las dejaba caer del embudo del extractor a la boca, de mi dedo a su boca. Hice un esfuerzo enorme toda la estadía en la clínica con un extractor que no paró. La última noche sentía rabia contra ese dolor invalidante que se mantenía, contra la nula existencia de profesionales competentes que hacía todo doblemente difícil. Pedí algo para el dolor, me paré con ayuda de mi marido, me senté en un sillón por primera vez en 3 días y cerca de las 4 de la mañana, en medio de un silencio profundo en toda la clínica, acoplé por primera vez a mi hija en mi pecho logrando una toma larga y hermosa. Me sentí enormemente poderosa y feliz.

Ya en la casa con mi hija, seguía con mucho dolor en la herida y mi hija muy adormilada, pero cada vez menos. Se acoplaba, pésimo, pero ya lo hacía. Entonces comenzó el dolor en mis pezones por ese mal acople, dolor permanente. Cada toma era muy dolorosa las primeras 5 succiones y después de eso el cerebro hacía lo suyo y seguía la toma sin tantas molestias. Cerca de las 3 semanas ese dolor comenzó a mejorar, pero cerca del mes comenzó otro problema de difícil manejo: vasoespasmo (pezón blanco post toma), ardor permanente, mucho dolor. Era Síndrome de Raynaud. Las asesoras a las que recurrí coincidían en que la gran mayoría de las veces este problema se relaciona con un mal acople, sobre todo cuando no se tiene este diagnóstico desde antes de amamantar, y claro, me hizo perfecto sentido puesto que seguíamos con un acople muy mal logrado. Me sugirieron además comenzar a cambiar de posturas ya que era una buena manera de mejorar el acople. Lo hicimos y luego de una semana íbamos mucho mejor, con dolor aun, con molestias, pero menos. A los 2 meses tuve una gran obstrucción, con mucho dolor, pecho enrojecido, afiebrado. Me dolía tanto que no podía sacarle los chanchitos a mi hija en ese hombro, me dolía bajar la escalera… Duró cerca de 4 días y pasó. Pero ahora tenía un nuevo dolor, punzante, fuertísimo. ¡Qué decepción, que rabia…Íbamos mejorando! Ahora era una perla de leche, que por mucho calor local, pañitos y masajes no cedió hasta luego de 1 mes. Aún con todos estos contratiempos, los momentos en que amamantaba a mi hija eran los mejores momentos del día. Su cara, sus ojitos… soltaba el pecho un segundo y me regalaba una enorme y luminosa sonrisa. Se dormía inundada de paz y yo me sentía plena y poderosa. Recuerdo aún sentir que todo esto era un milagro: ver a mi hija subir de peso, crecer, todo gracias al alimento que le proporcionaba mi cuerpo… increíble.

Cerca de los 4 meses de mi hija por fin todo comenzó a mejorar. Seguía con Raynaud, pero dado que su boca ya era más grande el acople había mejorado y luego de todo ese tiempo mi tolerancia al dolor había aumentado. En esta etapa me interesó formarme como asesora de lactancia, para acompañar a otras mujeres en esta etapa y para sanar mi propio proceso. Luego, cerca de los 8 meses, otra obstrucción, pero esta vez supe abordarla mejor y no se agravó como la primera. Se mantenía el ardor constante y molestias propias del Raynaud. Tenía períodos en que mejoraba mucho, hasta casi no sentir molestias, pero luego volvía, por lo que aprendí a disfrutar de los períodos en que nuestra lactancia fluía mejor y cargarme de energía para cuando las cosas se ponían difíciles. Así vivimos la lactancia casi 2 años, con perseverancia y convicción por sobre todo, con un poquito de orgullo y terquedad, con la esperanza de que esas molestias un día pasarían. Cuando mi hija tenía 1 año y 10 meses, el dolor por Raynaud se acrecentó muchísimo. Cambié mi método anticonceptivo, volví a mi ciclo, pero al parecer la acción de las hormonas hacía que el dolor fuese mucho más grande. La semana previa a la llegada de mis períodos eran espantosas en cuanto a dolor en el pecho, tanto que sin darme cuenta había empezado a destetar: Me pedía pecho y la entretenía con otra cosa, le ofrecía ir a los juegos, una fruta… No podía más con ese dolor, pero en lo más profundo de mí no quería que nuestra lactancia terminara, ni mucho menos de forma brusca. A sus 2 años y 2 meses, sin intentarlo de forma consciente, la destete de las tomas diurnas. Seguimos con las tomas nocturnas. El dolor persistía y llegaron las agitaciones: quien las ha vivido sabe que son uno de los momentos más oscuros y de difícil manejo en la lactancia. Siendo ya asesora, en un momento de lucidez me dije “¿pero qué es esto? ¡La lactancia debe disfrutarse!”. Y busqué ayuda nuevamente, luego de mucho tiempo.

Fue un largo proceso para dar con mi diagnóstico, puesto que cuesta encontrar al profesional que maneje estos temas, la historia era larga, tenía varios puntos a considerar, pero por suerte la IBCLC (Consultora internacional de Lactancia Materna) a quien recurrí logró atar cabos perfectamente: Tenía micosis intraductal, eran hongos, siempre lo fueron. Hice el tratamiento y luego de tan solo 4 días, en una toma nocturna, lloré. Lloré de profunda alegría, de impacto. No me dolía, ya no me dolía nada. Por primera vez en 2 años y 4 meses de lactancia, no sentía ni una sola molestia. Lo más increíble fue que el Raynaud desapareció, y claro, si aquello que me acompañó por más de 2 años nunca fue Raynaud, sino algo secundario a la misma micosis… Fue realmente una locura. Si bien me había capacitado mucho en mi formación como asesora y posterior a ella, este tipo de casos (¡si, justo el mío!) son muy raros y complejos de diagnosticar.

Llevamos hoy casi 3 años de lactancia ininterrumpida. Ha sido, a pensar de todas las dificultades, la etapa más linda de mi vida. ¡Aprendí tanto! Aprendí sobre lactancia y me formé como asesora, aprendí sobre Raynaud, aprendí sobre micosis y como puede manifestarse, aprendí que el amor de una madre es más grande de lo que imaginé. En este largo camino me di cuenta de que soy más fuerte, valiente, tozuda y poderosa de lo que creí. Pese a todo, ¡SEGUÍ! .

El mensaje que quiero dejar a otras madres con esta, mi historia, es el siguiente: Si desde lo más profundo de su alma quieren amamantar, que nadie ni nada se interponga, ni siquiera el dolor. Que nada les diga “ya está, déjalo, no pudo ser”. Que el dolor o cualquier adversidad sea un mensaje claro para que busquen ayuda hasta dar con el profesional que entienda del tema y ate esos cabos. ¡No se rindan! Si quieren amamantar a sus cachorros, que nada las detenga.

Jael Bitran A.
Asesora de lactancia
Columnista Breastfeeding Chile

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Jael Bitran A.
Mamá de Renata. Vegetariana hace 16 años. Psicóloga. Asesora de lactancia Edulacta. Amante de las manualidades, la lluvia, la naturaleza y el chocolate. Tremendamente apasionada por los procesos de gestación, parto, lactancia y crianza. Enemiga acérrima de la violencia obstétrica y los mitos sobre crianza y lactancia. Amamantando felizmente “hasta que las velas no ardan”.

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